viernes, 25 de enero de 2008

Han florecido los almendros

Un año más han florecido los almendros, y la sequedad de los campos alicantinos se ha vestido de seda blanca y rosa, muy tenuemente aromada de miel. Una descripción que hasta podría tacharse de cursi salvo porque es real, lo mismo que esos atardeceres incendiados de brochazos rojos, morados y amarillos que pintados en un cuadro parecen falsos, aunque sean reflejo exacto del cielo verdadero.
Esta semana me he estado levantando muy temprano para escribir, y el martes la Fontcalent amaneció camuflada tras una niebla espesa y blanda, impenetrable. Los perros, desorientados, olfateaban la humedad casi sólida sin separarse apenas de mi lado porque el bancal, como el resto del campo, aparecía borrado como si la mano de un gigante hubiera volcado sobre él toneladas de un algodón opaco, compacto e inaprehensible que al intentar tocarlo te dejaba los dedos chorreando gotitas microscópicas. En mañanas así lo más prudente es quedarse a cubierto y prender la chimenea, mayormente por consolar los huesos que a ciertas edades te avisan sin falta, y bien dolorosamente, de los cambios de tiempo con más exactitud y antelación que el parte meteorológico de la tele. Pero una, qué les voy a contar que ya no sepan, de prudencias entiende más bien poco. Así que cada vez que la niebla, o la boira que suena más poético, baja hasta ras de suelo y se hunde en la tierra, borrando la montaña y sugiriendo llanuras ocultas que jamás existieron, yo me echo por encima lo primero que pillo para abrigarme un poco, y salgo a embobarme con el portento efímero que el día me regala.
En esta época del año, con todos los almendros reventando de flores, semejante chaladura contemplativa tiene incluso premio. No hay más que aguantar un rato, aunque los huesos crujan, hasta que la luz del sol realice el milagro de atravesar la muralla de brumas. Y entonces poco a poco van apareciendo, lo mismo que fantasmas recién resucitados, confusas siluetas de fuste oscuro y brazos nudosos como los de los viejos, coronadas todas por un desparrame de sedas blancas y rosadas que cortan el habla de pura hermosura: los almendros.
Y viéndolos el martes pensaba yo en el almendro niño, tan vulnerable aún, que un puñado de ¿locos? fuimos a plantar el domingo pasado en La Goteta, justo en el mismo sitio donde el fin de una guerra miserable y cruenta plantó injusticia y llanto, y dolor, y venganza y desconsuelo. Justo en el sitio, hoy carne de promotores, donde se levantó el campo de concentración de Los Almendros en el que encerraron a los republicanos abandonados en El Puerto, que no alcanzaron a escapar de los vencedores. Aunque algunos sí escaparon descerrajándose un tiro; y sufrieron menos que los que quedaron, es un decir, vivos.
Volveré un día de éstos por allí, sin banderas republicanas ni compadres de utopía, a comprobar lo que, como era previsible, ya ha pasado: el descuajamiento brutal del arbolillo en flor, con tanto amor plantado en memoria de aquéllos y aquéllas que nuestras autoridades quieren olvidar, Dios les perdone el olvido si es que Dios existe y tienen perdón.
De la mañana soleada del domingo contaré para quienes no estuvieron la estampa de un policía al que mandaron, con dos coches y más compañeros, a vigilar de cerca a un puñado de revolucionarios peligrosos congregados para plantar un árbol, ya que no nos dejan plantar un monumento a la memoria dignísima y triste de nuestro propio pasado. Avisábale el policía al fiscal Miguel Gutiérrez, que le atendía con gran educación, de que "disturbios, no". Y a mí me dio la risa, la risa de la hiena digo yo que sería, al pensar que pudieran temer que agrediésemos a alguien con el legón y la pala que había llevado el bueno de Ernest Blasco para plantar su almendro pequeñito, todo paz y ternura.
Pero enseguida se me inundó el pecho de una congoja honda, cuándo entenderán éstos que la memoria es un derecho inalienable de los pueblos. Y un compromiso y una obligación.A una, que cuanto más vieja más ingenua, ya es cruz, al ver a nuestro orondo alcalde en el periódico empinándose para descubrir el monumento al genocidio armenio, se le ocurrió que, a lo mejor y ya que vienen elecciones, se le podría haber pasado por las mientes arrimarse también un momentín a La Goteta, al cabo el genocidio que estábamos recordando era de los de esta tierra, que es la de él; del alcalde, digo. Pero no. Con mandar a la poli para prevenir disturbios debió de considerar que había cumplido. Así que yo, por lo bajini porque tampoco era cosa de dar el espectáculo, me puse a cantar lo que me pareció más ajustado para la ocasión. Exactamente esta estrofa: "Dicen que los chapetones / ya nos cuentan liquidaos / y es que no han caído en que somos / pocos, pero bien montaos". Que ya que estamos, pongamos que se la dedico, señor Alperi. Por si le sirve para recuperar siquiera una miajita la memoria de su pueblo.
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Ángeles Cáceres
25/01/2008

1 comentario:

alacanti dijo...

Muchos ánimos para todos vosotros.